El día que dejé de buscar afuera.


cómo una vida que se veía perfecta y una pregunta sin respuesta cambiaron mi manera de entender el bienestar.


Por Angélica Tovar – Fundadora de Mundo Bajo Tierra


abía construido exactamente la vida que quería construir. Todo lo que alguna vez había deseado estaba ahí, frente a mí. Y, sin embargo, no era feliz.

La pregunta llegó sola, en silencio, en uno de esos momentos en los que ya no hay forma de mirar hacia otro lado:

Si ya tengo todo lo que quería, ¿por qué no es suficiente?

No la busqué. No apareció como consecuencia de una crisis. Simplemente llegó. Y cuando una pregunta así aparece, ya no hay manera de dejar de escucharla. No había una depresión visible, ni un gran derrumbe que pudiera señalar. Era algo mucho más silencioso: la sensación persistente de que siempre faltaba algo. Que si lograba un poco más, crecía un poco más o conseguía un poco más, entonces sí llegaría esa tranquilidad que estaba buscando. Viví durante mucho tiempo persiguiendo esa idea.


Buscando afuera lo que no
encontraba adentro.


Moviéndome lo suficientemente rápido para no tener que detenerme frente a esa pregunta. Con el tiempo entendí algo que cambió por completo mi manera de ver las cosas: Hay una diferencia enorme entre una vida que se ve bien y una vida que se siente verdadera.

Yo había construido la primera. Lo que ocurrió después pertenece a un lugar muy íntimo y creo que algunas experiencias pierden fuerza cuando intentamos explicarlas demasiado. Lo único que puedo decir es que hubo un momento de claridad.

No fue gradual. No fue el resultado de un esfuerzo. Fue una certeza completa. De esas que llegan una sola vez y ya no pueden deshacerse. Y con esa claridad aparecieron tres ideas que no sentí como pensamientos, sino como algo que el cuerpo reconoció antes que la mente:


No hay prisa.

Todo está ya aquí.

No hay nada que sanar.

Esa última fue la más difícil de aceptar. Vivimos en una cultura que ha construido una industria entera alrededor de la idea de que estamos incompletos. Que debemos optimizarnos, corregirnos, repararnos constantemente. Que el bienestar es un destino al que llegaremos cuando encontremos el método correcto, el producto correcto o la versión perfecta de nosotros mismos.

Pero aquella experiencia me mostró exactamente lo contrario. No hay nada que sanar porque no estamos rotos. Nuestro cuerpo posee una inteligencia antigua, construida durante millones de años de evolución. Esa inteligencia nunca desapareció. Lo único que hicimos fue dejar de escucharla.

Esa comprensión cambió por completo la dirección de mi vida. Y, sin saberlo todavía, también fue el primer paso hacia lo que hoy es Mundo Bajo Tierra.

En el próximo artículo quiero contarte cómo esa búsqueda personal terminó llevándome a descubrir el extraordinario mundo de los hongos funcionales y la inteligencia silenciosa que existe bajo nuestros pies.

con amor…

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La inteligencia que vive bajo la tierra